Y de remate… Sobremesa

La charla de sobremesa se tornó algo fuera de lo común, de lo normal, de lo cotidiano. Su mirada enfocada en nosotros como si pusiera atención a nuestra conversación era sólo un engaño, pues su pensamiento estaba muy lejos de estar interesado en la plática de sus padres. Fin de la sobremesa. Es hora de levantar todo y limpiar la mesa, tarea diaria de ella. En ese punto aún cargaba con lo que quería decir, pero no sabía cómo hacerlo…
De pronto mirando el rostro de mamá, se cruzó su mirada con la de ella, y de su boca no pudo salir ni una sola palabra. Se había decidido a decirlo, había tomado un poco de valor para hacerlo y a la hora buena no pudo. Su valor se esfumó y en lugar de palabras sólo salieron pequeñas risas nerviosas, y en sus ojos salía un brillo que denotaba su timidez. Mamá se sentía confundida ante esa mirada y esa sonrisa pícara mirándola, no entendía si había sido víctima de alguna broma o que había pasado. Mira amor, se está riendo de mí, algo me hizo, ¿qué tengo?, me cuestionó mientras miraba su ropa como buscando la causa. Yo, simplemente no sabía qué pasaba. Miré a mi reynita, la más grande de las dos, busqué en su mirada un poco de complicidad, tratando de descubrir el porqué de su risa, pero no encontré nada, imaginé muchas cosas, pero lejos estaba de saber lo que en verdad pasaba. Y de pronto en medio de todo eso, ¡pum!, soltó sus palabras. Como flechas atravesaron dos corazones. Cayeron como cubetada de agua fría. Sus palabras nos dejaron helados. Traté de mostrarme ecuánime, maduro y sobre todo buen papá. Mire a mi esposa y vi en su cara desesperación, vi en su rostro confusión y ganas de soltarse en llanto.

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