Input your search keywords and press Enter.

TECLA 7/6 –AÑO 28–Hasta el fin del universo

Debo de mantener fresca la expresión de Fernando González Corona: ¡ni madres al rincón de Senecto!

No hay espacio para quedarse con el tiempo.

Se viven los días. Los años son sólo una ruta del tiempo.

No hay andar que deje el trote.

No hay día que deje de abrazar cada amanecer.

Vivimos para sonreír. No habrá tiempo para la sonrisa cuando la sábana infinita se pose sobre el hasta luego permanente.

Abrazamos los amaneceres. Abrazamos cada día.

No se va el tiempo, nos llenamos del propio tiempo. A cada sol.

Nos llenamos de las palabras.

Miramos al horizonte y nos llenamos de lo construido.

Del andar que deja huella.

Miro a Fer y me pregunto: ¿cómo será el rincón de Senecto?

Me miro en el día y me preguntó, ¿cómo me veré mañana?

Miro al tiempo y me miro con un 4 de marzo de 1991. No hay imágenes borrosas. Aún tengo imágenes del Jardín de Niños…de la maestra Rosita. Y de cómo entré hasta de oyente”, no tenía la edad. Bueno, era hijo de quien era hijo, todo un tanque, güero, de ojos azules. Ya una vez escribí de él y de su cinturón, del Capitán Primero Leonides Rojo Lugo (por andar de demócrata con el General Serrano, en Huitzilac no perdería la vida, pero borrarían los antecedentes de los aguiluchos no reeleccionistas del Colegio Militar, sus demás amigos revolucionarios llegarían a generales Salazar Zatarain, Cuenca Díaz, Ávila Camacho…). Me llegan también las imágenes del rancho, del potrero interminable, los caballos. Me siento aún galopando, libre, con la parvada de primos a un lado. Mi mamá es de un lugar llamado Mata del Indio. En San José del Cabo, al tiempo, Gabriela a sus muy pocos años, una niña, era escaramuza y David Jr se vestía de charro y le daba al caballo, con la guía de Francesca.

Si, los años son sólo una ruta del tiempo.

Recuerdos, huella.

Me quedo con cada amanecer. La intensidad de cada hora, de cada minuto, con sus aciertos y desaciertos. Vivir para sonreír. Vivir para enfrentar adversidades. Vivir para imponerse con certeza a la frustración. Vivir para hacer creer. Vivir para abrazar la vida aun enfrentando tormentas, y los propios grises de rutas del tiempo que se quisieran dejar atrás. Estamos hechos de vida aun cuando no falta quien la mendiga, no viendo por si, sino por el de enfrente, acuñando lo mustio, la falsedad, para pretender avanzar apostando al desacierto.

Abrazo a cada amanecer. No lo suelto.

Si, en esa ruta del tiempo está el 4 de marzo de 1991.

Dos familias a Los Cabos.

Los García del Toro, los Rojo Pacheco.

Dos ejecutivos sin más potencial que su fe, su compromiso, con una empresa ahí en dos locales comerciales de la Plaza Dorada´s en San José del Cabo. Con dos prensas planas tiradas en la calle, una de los 70s, otra de los 60s.

–¿Y ahora como las metemos pa´dentro?

 

Cuando se anda sin dejar el trote, los días son días de uno. Los traemos en la bolsa.

Dentro de los entonces quince mil habitantes de San José del Cabo estaba el ingeniero Pimienta.

Y se movieron las prensas.

Y en menos de un mes se echaron andar los rodillos.

Estábamos ya en los 90s, pero se llegaba a Los Cabos con prensas planas. Es decir, se imprimía por un lado y había que darle vuelta al papel y volver a imprimir. Luego a doblar los ejemplares a mano. Se utilizaban unas botellas de plástico, llenas de arena. Se pasaban encima, sobre el dobles. Y listo se tenía el periódico. El proceso de doblado llevaba de tres a las seis de la mañana, luego a repartirlo a las tortillerías del siempre estimado y sonriente don Carlos Álvarez y otras tiendas. E irse de voceador. Cuando terminaba la jornada de venta, empezaba en automático la de redacción, luego la formación de páginas con cúter y columnas pasadas en cera, para pasar a fotomecánica. Y cuando nos dábamos cuenta ya estábamos imprimiendo y luego doblando el periódico. El médico Barquín había rentado su residencia en Costa Azul, pero las horas consumían las jornadas. Pepe y Rojo se quedarían una y otra vez a dormir arriba de las pacas de papel. La leche de vaca que me llevaban, terminaba por agriarse.

Antes de un mes, después de aquel 4 de marzo, el 2 de abril se imprimía la primera edición de Tribuna de Los Cabos, a 24 páginas, blanco y negro, con escasos doce colaboradores. Chíngate todo el trabajo.

Nada nos fue regalado.

Ni siquiera tranquilidad para emprender.

El inicio fue demasiado difícil. Jornadas diarias de 20 horas. Las confrontaciones de grupos al lugar que llegábamos –tan pequeño todo–, el nativismo, los recelos de los grupos políticos.

Pero, fuimos encontrando alientos. De la propuesta periodística se pasaría a la empresa periodística. Comenzamos a ver los saludos de todos. Las denuncias sociales fueron voz de todos. Tribuna se haría de todos. Dejamos de ser los chuntaros. De Amón con sus tres años, vendrían David y Gabriela Rojo; también a Alfredo y sus dos años, vendrían Carlos e Iván García. A Pepe, lo harían abuelo. Geny y yo tendríamos de compadre a Javier Arámburo. El tiempo y su ruta. Alguien me preguntó ayer que quién era Lucy, y de cómo me había ido con Geny, esa chica, la que me había visto con sus grandes ojos, y yo coqueto: la Tiranorex más completa, exhibida en el Museo de Chicago. Eran los tiempos en los que también andábamos de paleontólogos y con el fósil de cebra, de dos a tres millones de años de antigüedad, que se le había dado a México, a Los Cabos.

¿Alguien puede contra este muro de fe y convicción? No los que mendigan vida, los que no son felices.

Si se vive para sonreír, en el origen de Tribuna, con todo y su adversidad, nunca se dejó de sonreír.

Nos hicimos de temple al reto.

Abrazamos amaneceres sin dormir. Nunca perdimos los amaneceres. Nos fundimos en esos soles alentando mejor destino.

Leticia, Joel, Humberto, Ángel de Jesús, Ignacio, Pepe, Jorge me escucharían brindar a cada Navidad, una Navidad tras otra, porque llegaríamos a tener Radio FM. Los brindis siguieron año tras año, desde 1995.

Hoy brindamos y nos abrasamos: a los 28 años de Tribuna, tenemos Radio FM y TV abierta.

Anoche, Fer me escribiría: “…nuevo recorrido bajo la nube de la digitalización hasta el fin del universo”.

Pues, sí. ¡Ni madres al rincón de Senecto!

Andar que no deja de trotar.

Edición impresa digital aquí