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Reflexiones cotidianas La humanidad perfecta

Reflexiones cotidianas    La humanidad perfecta
    Vivimos en el Samsara, en la era del Kaliyuga o la era de hierro, oscura como dicen los hindúes. En esta era, los dramas son cotidianos; dramas de sufrimiento, miedo, angustia, placer, estrés. En esta vorágine de vida no faltan las noticias negativas, los pesares propios y de quienes nos rodean. Más sufrimiento que felicidad. Y sí, podríamos vivir también momentos de placer, goce o felicidad, pero la mayoría sólo percibe o vive unos instantes, luego viene el sufrimiento. ¿Qué pasaría si estos dramas o todas las ocurrencias de la vida que nos rodean, las vemos desde otra perspectiva? Verlas con otros ojos, con los ojos de Dios, de nuestro Dios interior. Entonces no nos identificaríamos con esos dramas, sólo observaríamos en paz y sabiduría, en calma y compasión. Si alguien se metió a robar a mi casa le enviaría bendiciones al ladrón y desearía que mi Padre/Madre le de sabiduría y la guía para encontrar otros caminos para su manutención. O posiblemente este hecho fue sólo un pago kármico y está cobrando una deuda que dejé pendiente en mi otra existencia. Tal vez. Esa es la ley de Acción y Reacción, Causa y Consecuencia. Haría como el maestro Sivananda cuando un individuo intentó matarle, no sólo le perdonó, sino que lo mandó con su familia para que le ayudase. O cuando un ladrón entró en la casa de un buen sacerdote; este tomó todo lo de valor y cuando fue descubierto por el párroco salió corriendo. El Sacerdote al verlo y darse cuenta que había dejado unos candelabros de plata, se apresuró a alcanzar al ladrón y le grito: - Oye, has dejado estos candelabros de plata que tiene mucho valor, llévatelos también que te pueden servir. El ladrón, con recelo y con sorpresa retornó con el cura y se llevó también esos objetos. Pasaron dos días y de pronto alguien tocó a la puerta del sacerdote y para su sorpresa, al abrir la puerta se topó con el ladrón que, arrepentido retornaba a entregarle lo robado. El sacerdote lo invitó a pasar y le dio el perdón. El ladrón, todo contrito, pidió al sacerdote que lo tomara como su discípulo. Con gusto lo aceptó y fue uno de sus más dedicados y destacados alumnos. Uno nunca sabe.
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