Noticias del Imperio

Agua, mucha agua. Esa es la palabra que inunda mi mente cuando el avión aterriza en el aeropuerto internacional de Seattle. Llueve; una lluvia suave, helada, inquebrantable. Pasan 24 horas desde mi llegada hasta que por primera vez escampa, pero no por mucho tiempo ni en muchos sitios. Siempre está lloviendo en alguna parte de la región. “Bienvenidos al Festival Internacional de la Lluvia de Seattle”, decía una playera en un puesto de venta; “Duración: del 1 de enero al 31 de diciembre”.
“Así está siempre, apá”, me dice tranquilo mi hijo Beto, aclimatado como un cangrejo de las nieves, mientras el freeway bordea un lago gélido que, por su grandeza, más bien parece un mar interior. Arriba las nubes, a un lado los lagos, la nieve en las cimas, los ríos rebosados y cerca, impasible, el océano. Todo es agua. Todo es bosque. Todo es montaña.

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