Molotov celebra 30 aniversario con explosivo concierto en el Palacio de los Deportes
La noche del 31 de enero quedará marcada en la historia del rock nacional. Molotov celebró su trigésimo aniversario tomando por asalto el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México. El recinto lució imponente, abarrotado hasta las lámparas por más de 20 mil almas eufóricas que agotaron el boletaje.
El llamado Domo de Cobre vibró desde el primer acorde, demostrando que tres décadas no han mermado la fuerza de la banda. La convocatoria fue absoluta, logrando un aforo completo que reafirma su estatus de leyendas vivientes. No cabía ni un alfiler en la pista ni en las gradas superiores.
La velada inició con una sorpresa en la alineación que sacudió a los asistentes. Ante la ausencia inicial de Tito Fuentes, Micky Huidobro, Paco Ayala y Randy Ebright saltaron al escenario acompañados por Jay de la Cueva. Su incorporación en la guitarra se sintió natural, lógica y justa para la ocasión.
Jay de la Cueva no es un extraño en esta historia; como miembro fundador de la banda, su regreso para este festejo cerró un ciclo histórico. La química en el escenario fue inmediata, recordando los primeros años de la agrupación y regalando a los fans más clavados un momento de nostalgia pura.
Para reforzar la potencia vocal se sumó Pato Machete, figura clave del hip hop mexicano. Su historia con la “Molocha” es larga y de hermandad. Pato Machete tomó el micrófono principal con autoridad, inyectando rimas y fuerza que mantuvieron el nivel de energía al tope durante el arranque del show.
El momento cumbre de emotividad llegó cuando Tito Fuentes apareció finalmente en la tarima. El guitarrista se unió a sus compañeros para un palomazo catártico que desató la locura. Sin embargo, el instante se vio opacado por evidentes fallas técnicas que sugirieron una falta de prueba de sonido previa.
La guitarra de Tito Fuentes nunca sonó con la claridad necesaria, perdiéndose entre la mezcla general. A pesar de que su presencia física fue un golpe anímico positivo para la audiencia, el aspecto auditivo dejó mucho que desear. Fue el recordatorio constante de la complicada acústica que caracteriza a este lugar.
El Palacio de los Deportes hizo honor a su mala fama en materia sonora. Durante las más de dos horas de concierto, se escucharon vicios de audio, interferencias y ruidos molestos. El equipo técnico no logró domar al monstruo de cobre, restando calidad a la experiencia musical de los asistentes.
En contraste, la producción visual fue simplemente fastuosa y moderna. Un extraordinario espectáculo de luces y un manejo de video de primer nivel vistieron la noche. Las pantallas gigantes y los juegos estroboscópicos compensaron las deficiencias auditivas, creando una atmósfera envolvente digna de un aniversario de esta magnitud.
Lo más conmovedor fue observar la evolución sociológica de la audiencia. Los “chavorrucos”, fans de toda la vida, llegaron acompañados de sus familias. Fue una estampa común ver a esposos, esposas e hijos compartiendo el rock. Los niños coreaban las canciones con la misma pasión que sus padres.
Parecía que temas explícitos habían servido como canciones de cuna para esta nueva generación. La banda, siempre desmadrosa, se mostró divertida pero cuidadosa con su público extendido. La conexión entre la vieja guardia y los nuevos adeptos confirmó que Molotov ha trascendido las barreras del tiempo y la censura.
El repertorio fue un viaje sin escalas por su discografía completa. Abrieron fuego con Que no te haga bobo Jacobo, estableciendo el tono irreverente de la noche. No hubo filtros; sonaron Chinga tu madre, Rastamandita, Perra Arrabalera, desatando el baile y el desorden en la pista general.
El tono festivo dio paso a la crítica social con himnos que retumbaron con fuerza actual. Voto Latino, Frijolero y Gimme the Power sonaron potentes, aderezados por el contexto histórico de la relación entre México y Estados Unidos. La gente gritó cada estrofa como un desahogo colectivo necesario.
Curiosamente, la banda decidió no interpretar su reciente sencillo titulado México, lanzado de cara al próximo Mundial 2026. Prefirieron centrarse en el legado clásico, evitando discursos políticos o sermones. No hubo mensajes sobre polarización; la música fue el único lenguaje válido sobre el escenario esa noche.
El cierre del concierto fue el broche de oro esperado por todos. Los acordes de Puto detonaron la última explosión de adrenalina. El recinto entero saltó al unísono, haciendo temblar la estructura en un acto de liberación total. Fue el final perfecto para una celebración histórica de 30 años.












