Lemus y Munguía tienen a Vallarta de porquería

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Puerto Vallarta, el paraíso donde el mar besa las montañas en una postal que quita el aliento, se está convirtiendo en un basurero publicitario a cielo abierto.

Mientras turistas pagan fortunas por disfrutar de esa vista única que combina océano Pacífico con la Sierra Madre, las autoridades municipales y estatales permiten —o simplemente ignoran— que la ciudad se llene de pendones de plástico raídos, anuncios improvisados y basura visual que ofende la inteligencia y destruye el paisaje.

El Reglamento de Imagen Visual e Identidad del Municipio de Puerto Vallarta es claro y contundente: prohíbe los espectaculares con estructuras metálicas por el riesgo que representan en una zona de ciclones frecuentes.

Pero más allá de la seguridad, existe un argumento ambiental irrefutable: esa publicidad grotesca contamina visualmente la belleza natural que es el principal activo turístico de Vallarta. Y no se queda ahí. Está explícitamente prohibida la colocación de publicidad, pendones y anuncios en la infraestructura eléctrica, municipal, telefónica o de cualquier tipo, especialmente en la avenida de ingreso al destino, donde el primer impacto debe ser de bienvenida, no de caos y desaseo.

Sin embargo, la realidad es una bofetada diaria. Sobre postes, cables, semáforos y estructuras públicas se cuelgan y se siguen colgando todo tipo de pendones de plástico contaminante —tanto visual como orgánicamente—, que terminan convertidos en toneladas de basura cuando el viento, la lluvia o el paso del tiempo los destrozan.

El colmo de la indolencia es el timing de esta porquería: un concierto o una obra de teatro programada para mayo o junio aparece anunciado desde enero o febrero.

Esos pendones se dejan pudrir ahí durante cuatro, cinco o seis meses. Y cuando el evento ya pasó, nadie los retira. Ahí se quedan, ondeando como trapos sucios, anunciando algo que ya nadie quiere ver, ensuciando la imagen del destino y generando basura que nadie recoge. Obras de teatro, conciertos masivos, convenciones empresariales, venta anticipada de boletos… todo justifica la misma falta de respeto.

Esto no es un descuido menor. Es una violación sistemática a la normatividad, una agresión directa contra el medio ambiente y una traición al turismo que sostiene la economía local.

Cada pendón viejo es una tonelada de plástico que termina en playas, arroyos o tiraderos clandestinos. Cada anuncio rasgado que obstruye la vista del mar o las montañas es un insulto a los millones de visitantes que eligen Vallarta precisamente por su belleza natural, no por su capacidad de tolerar la mugre publicitaria.

Y aquí viene lo más indignante: esto ocurre bajo la mirada complaciente —o la incapacidad— de quienes deberían garantizar el orden. El gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, y el presidente municipal de Puerto Vallarta, Luis Munguía, tienen a Vallarta de porquería.

No se trata de falta de reglamentos; los hay y son buenos sobre el papel. Se trata de falta de autoridad, de voluntad política y de vergüenza. ¿Dónde están las multas, los retiros inmediatos, las sanciones a organizadores de eventos y empresas publicitarias que tratan la ciudad como su basurero particular?

¿Por qué la avenida de ingreso, la primera impresión del destino, parece un tendedero de trapos viejos en lugar del acceso digno a uno de los paraísos turísticos más importantes de México?

Vecinos ya denuncian constantemente estos pendones de eventos pasados que nadie quita.

Reglamentos ha retirado algunos lotes cuando la presión mediática aprieta, pero el problema persiste porque no hay una política de cero tolerancia. Vallarta merece algo mejor que esta dejadez que la degrada día con día.

Es hora de exigir cuentas.

Lemus y Munguía: saquen la basura publicitaria de las calles, cumplan sus propios reglamentos y dejen de convertir en porquería lo que debería ser orgullo jalisciense.

La belleza de Puerto Vallarta no es negociable. Quien la ensucia, la destruye. Y quien lo permite, es cómplice.

El paraíso no se merece esta vergüenza. Vallarta merece limpieza, orden y respeto.

YM

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Álvaro Cué