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La ciudad imaginada Reír juntos

 

 

Vivimos en un mundo tan complejo y acelerado que nos cuesta mucho trabajo “perder” el tiempo, es decir darnos permiso para hacer las cosas que valen la pena pero que no representan una ganancia o utilidad económica.

Ello me remonta a mi niñez, vivida en contacto con la naturaleza en un Puerto Vallarta que aún no era una ciudad tan deshumanizada ni el destino turístico masivo en que la hemos convertido.

Hablo de la década de 1970. Para entonces, casi todos los vallartenses vivíamos en el Centro y nos sentíamos parte de una gran familia. Erantiempos que añoramos cuando se podía dormir con las ventanas abiertas de par en par o dejar el auto sin cerrar y sin alarmas. Hoy, no me atrevo a hacerlo porque en los últimos dos años he sufrido robos y vandalismo en mi hogar y pertenencias a pesar de que las autoridades insisten en que vivimos en la segunda ciudad más “segura” de México. 

Cuando tenía unos cinco años, era un pupilo más en el kínder Emiliano Zapata y un buen día me escapé escalando la barda para irme a jugar a la playa de los Muertos. Aquella falta, descubierta esa misma tarde por mis padres, constituyó una amonestación de su parte pero no representó una amenaza dado el clima de confianza que entonces permeaba en nuestro puerto. Supongo que ellos valoraron el peligro potencial de mi travesura pero no pasó a mayores su inquietud.

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