En mi corazón de barro

En mi corazón de barro
Antonio Quintero Becerra     Un tesoro tuyo has guardado en mí. Lo hiciste de a poquito, diariamente, con el amor de tu alma y el sudor de tu frente. Con todas las pequeñas cosas, con todas mis primeras veces, y siempre bajo tu cuidado, bajo tu mirada. Yo soy tu apellido, soy tus recuerdos imborrables, soy tu juventud acabada en cuidarme, en defenderme, en responder por mí, en guiar mis primeros pasos vacilantes, en todos mis años de aprender de ti. Ahora que los años te cobran esfuerzo, todo eso que gastaste en mí, te lo quiero regresar. Voy a estar aquí, contigo... Ahora, cuenta conmigo para llevarte a donde no puedes ir: tienes mis ojos para guiarte, hoy, que ya te confundes; y mis oídos para escuchar las indicaciones que te dan. Hoy yo te represento: hago fila por ti, anoto tu nombre, alzo mi mano cuando te nombran... Y quisiera en regreso hacer como hacías: sentarte en mis piernas y mostrarte la vida. Esas cosas, son monedas que te devuelvo. Son tuyas, tú me las diste; no las he gastado, las he conservado sin que te dieras cuenta. La mayoría te hacían falta pero aun así, me las diste. Aún conservan el olor de tu trabajo, humedad de tu sudor, de tus lágrimas... ¡Un tesoro tuyo has guardado en mí! Son moneditas antiguas de muchísimo valor, son ¡sacrificios! En la cara estás tú, y en la cruz dice: "por amor". Son moneditas nuestras, ganadas, ahorradas por ti, en mí. Es tu amor graneado en cerrada vasija, de tierra roja y rendija. Guardado está tu viejo espíritu bizarro en una sonora alcancía de vaivén, en una agradecida alcancía que palpita... ¡en mi corazón de barro!    
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