Desde el Valle del Anáhuac

“Mi ciudad es la cuna de un niño dormido,

es un bosque de espejos que cuida un castillo,

monumentos de gloria que velan su andar”.

–Guadalupe Trigo.

 

Adoro la ciudad de México, no sólo por ser la tierra donde nací, o por ser el centro político, económico y cultural de la República; o por su significado histórico, colonial y prehispánico; ni por sus delicias gastronómicas y sus diversas actividades, ni siquiera por ser la que ofrece más opciones educativas. La adoro por su clima, uno de los más benignos que haya experimentado jamás. Fresca, arbolada, con algunos rincones verdaderamente fascinantes, lo único lamentable es que a mi ciudad se la han ido tragando la macrocefalia, la sobrepoblación, la corrupción y el crecimiento desplanificado.

Nada como irse de pinta aquellas mañanas de secundaria y ver una buena película en la Cineteca Nacional, que estaba en la intersección de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco, o ir a escuchar algún concierto nocturno de música clásica a la sala OllinYoliztli, en Periférico, cerca de Insurgentes Sur, o al Palacio de Bellas Artes, enorme pastelote porfirista cerca de todo: a tres semáforos, la Plaza de Garibaldi, con sus eternos mariachis; a un lado la Alameda Central; al otro, el Eje Central Lázaro Cárdenas, antes San Juan de Letrán, donde se levantan los 48 pisos de la vetusta Torre Latinoamericana, obra arquitectónica de Heberto Castillo y símbolo de que alguna vez México fue casi grande; un par de cuadras más allá, sobre el Eje Central, la churrería El Moro vendía un chocolate y unos churros como para morirse; a la vuelta, en República de Uruguay, el restaurante Danubio, durante un tiempo manejado por el papá de mi gran amigo Ricardo Escobedo,centro de reunión de políticos, artistas y miembros de la farándula.

Edición impresa digital aquí