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Del Centenario… Pie de foto Los colores del Vallarta de antaño

En un principio era el gris…

El Dios bíblico hizo al hombre de arcilla y, mucho tiempo después, los hombres hicieron al poblado de Las Peñas con el mismo material.

Bueno, sí, pero antes, durante los primeros años de la fundación, sus casas eran enramadas, estructuras hechas con horcones, vigas y latillas de madera dura (brasil, tepemezquite, tempizque, tahuitole, palo maría, caoba, etc.) y cubiertas con palapas (hojas de palma de coquito de aceite), amarradas con cicuas (tiras de corteza) de majagua; materiales todos ellos abundantes en los alrededores, durante mediados del siglo antepasado. Entre cada uno de los horcones de la construcción (troncos gruesos enterrados en el suelo y alzándose a una altura de entre dos y medio a tres metros, y terminando en horqueta, para recibir a las vigas), se alzaban las paredes, formadas con un entramado de varas, que en forma vertical y horizontal cubrían los vanos. Estas varas entramadas podrían ser de arbustos: pata de venado, jarillas, carrizos, ocotillos o varas de guásima. A este tipo de construcción de viviendas se le conocía y conoce aún, con el nombre de bajarete o pajarete. Al transcurrir de algunos meses del levantamiento de la vivienda, el verde de la palapa, al deshidratarse o secarse, tomaba una coloración gris. Fue este el primer color del paisaje urbano del puerto de Las Peñas.

El color variopinto de la arcilla.

Para protegerse de los aires fríos del invierno, o de las curiosas miradas ajenas, que se colaban al través de los resquicios del pajarete, los habitantes de Las Peñas tomaron a bien embarrar las paredes de sus casas. Es decir, en cubrirlas con una capa uniforme de barro, enjarrarlas con arcilla. El barro entonces dificultó la entrada de alacranes, arañas, garrapatas y otras sabandijas o facilitó el descubrir a las que entraban. Pero también dignificó y embelleció las viviendas primeras de los “Patasalada”; algunas de las cuales, en aras de manifestar la creatividad de las mujeres de la casa, ostentaban enmarcados de puertas y ventanas, con grecas o florecillas dibujadas, aprovechando los tonos variopintos de la arcilla local. Así pues, los colores del barro aparecieron en escena, pintando también el paisaje urbano. Colores que iban desde el rojo-anaranjado intenso hasta el perla-gris deslavado, casi blanco. Pero pasando por los colores café (intenso y suave) y los amarillentos; estos dos últimos los más abundantes. Años después, ya en los albores del siglo XX, aparecen las casas de adobe, ratificando a la arcilla como un color predominante del puerto de Las Peñas. Casas de adobe que lo mostraban franco o cuyas paredes se embarraban, se cubrían con el mismo material. 

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