Del Centenario… Pie de foto El elogio de la panocha

A mediados del siglo pasado, don Manuel Gómez Luquín tenía en Ixtapa un expendio de abarrotes. Como era natural en aquellos tiempos, surtía su comercio de algunas tiendas de Vallarta que se dedicaban a la venta al mayoreo y abastecían los changarros de la región. A Puerto Vallarta llegaban, ya fuera por la vía marítima o por rústicas brechas de terracería, los abarrotes y otros ultramarinos destinados al comercio local. Y aunque la mayoría de estas mercancías procedía de los mercados nacionales e internacionales, subsistían vestigios del comercio primitivo establecido durante la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, entre los pueblos de la montaña y el entonces Puerto de Las Peñas. Así pues, ya sea a lomo de mula de los arrieros tardíos o en vetustos y destartalados automotores, llegaban todavía algunos productos artesanales de la industria serrana: ates de guayaba, de membrillo, de tejocote… frutas y raíces cristalizadas en azúcar: calabaza, cáscara de naranja agria, cilacayote, camote, pencas cocidas de maguey; quesos y panelas de la sierra; charamuscas, huesitos de leche y canela, bolas de menta y otros primores de la dulcería serrana; ponches de leche y frutas: arrayán, nance, faisán, guayabilla, capulín… frutas de tierra fría: perones, duraznos, tejocotes, nueces de nogal  montañés… productos de la industria talabartera mascotense: fustes, sillas de montar, gruperas, reatas, cinchos, huaraches, chaparreras…

Todavía se acuerda don Manuel Andrade Beltrán, notable escritor y ejidatario vallartense, de la algarabía de los chiquillos de la época cuando miraban llegar a los arrieros, procedentes de la sierra, con su recua cargada de mercaderías, y de la curiosidad infantil amontonada en torno de la carga recién llegada a las tiendas de don Rafael Curiel, de los Baumgarten, de Gabriel Nuño…, del asombro que causaban en las mentes de los niños las mercancías “exóticas” y del revuelo despertado en su alborotada glotonería.

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