Adiós a un ilustre cómplice de la destrucción nacional

La renuncia de Juan Ramón de la Fuente a la titularidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores cierra un capítulo que, más que definirse por grandes virajes diplomáticos o reposicionamientos estratégicos de México en el mundo, será recordado por la tensión entre una trayectoria personal impecable y un desempeño público que dejó más dudas que certezas.
Médico psiquiatra de formación, ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y ex embajador de México ante la ONU, De la Fuente llegó al gabinete con un capital simbólico excepcional: representaba el pensamiento crítico universitario, la moderación técnica y una reputación construida al margen de la estridencia política.
Su nombramiento fue leído, tanto en México como en el extranjero, como una señal de equilibrio dentro de un proyecto de gobierno caracterizado por la centralización del poder y una narrativa confrontativa.
Sin embargo, el paso del tiempo erosionó esa expectativa.
Durante sus gestiones en el ámbito internacional, diversos sectores de la prensa nacional e internacional coincidieron en señalar una diplomacia mexicana cada vez más subordinada a las prioridades políticas internas del Ejecutivo, encabezado primero por Andrés Manuel López Obrador y posteriormente por Claudia Sheinbaum.
En ese contexto, el margen de maniobra de De la Fuente pareció reducirse a la ejecución disciplinada de líneas previamente trazadas, más que a la formulación autónoma de una política exterior con visión de Estado; es decir, su prioridad fue obedecer al Ejecutivo.
Los episodios más representativos de esta percepción incluyen la ambigüedad frente a crisis democráticas en América Latina, la cautela —interpretada por algunos como omisión— en la defensa de principios tradicionales de la diplomacia mexicana, y una limitada capacidad para contrarrestar decisiones que afectaron la imagen internacional del país.
Medios influyentes cuestionaron la pérdida de liderazgo regional de México y su repliegue hacia posiciones ideologizadas, donde la prudencia técnica, desgano o indolencia del canciller contrastaba con la contundencia política del discurso presidencial.
A favor de De la Fuente debe decirse que su estilo sobrio y conciliador contribuyó a que México no quedara completamente aislado en momentos de alta polarización global.
No obstante, el juicio histórico difícilmente se limitará a la contención de daños.
La pregunta de fondo —la que marcará su legado— es si su presencia en el gabinete significó una influencia real en la toma de decisiones o si, por el contrario, funcionó como un elemento de legitimación académica dentro de un proyecto político que privilegió la lealtad y obediencia ciega sobre la capacidad y deliberación.
En círculos críticos, la lectura es más severa: se le reprocha haber prestado su prestigio a una política exterior que, en ocasiones, se apartó de los principios constitucionales de no intervención, autodeterminación de los pueblos y defensa de los derechos humanos, pilares históricos de la diplomacia mexicana.
Bajo esta óptica, su silencio o prudencia ante decisiones controvertidas no sería una virtud, sino una forma de aquiescencia.
La figura de De la Fuente encarna así una paradoja incómoda: la del intelectual que accede al poder con la promesa de influir desde dentro, pero que termina diluyéndose en la lógica del propio sistema que pretendía matizar.
No es una historia nueva en la política mexicana, pero sí particularmente significativa tratándose de alguien cuya carrera estuvo asociada al pensamiento crítico y la autonomía institucional.
Su salida deja abiertas interrogantes sobre el rumbo de la política exterior mexicana y, sobre todo, sobre el papel que los perfiles técnicos y académicos pueden —o están dispuestos a— desempeñar en gobiernos de alta concentración político-ideológico.
Si su paso por la Cancillería fue una oportunidad desperdiciada o una contención silenciosa de excesos, será materia de debate entre historiadores y analistas.
Lo cierto es que, al despedirse, Juan Ramón de la Fuente no solo deja un cargo, sino una lección compleja sobre los límites del prestigio individual frente a las inercias del poder.
Una lección que, para algunos, confirma la fragilidad de la inteligencia cuando decide convivir con la política; y para otros, evidencia que, en tiempos de polarización, incluso las figuras más respetadas pueden convertirse —por acción, omisión o cálculo— en piezas funcionales de proyectos que trascienden su propia voluntad.
YM




